GESTOS PERECEDEROS


PIEZAS PARA YUPI, SALA DE ARTE JOVEN
16 FEBRERO - 02 MARZO 2022

"Toma un puñado de paisaje,
Y dale mar a Castilla.
Cuando crezca, dale tres valles.
¿Tiene piel ya? Que descanse.
Recorre sus fallas.
Caliéntalo,
Y antes de que el sol lo queme,
sácalo a la noche."



Piezas de pan: Gestos Perecederos, 2022
Video: Cómo hornear el gesto, 2022.
Video @jorfenagaremono
Sonido @alv_adina 

Comisarias: @ignacio.gonzalez.olmedo @juanjoaguore y Laura Berros
Fotos: @naliarenas
Sala de Arte Joven, Av. de América, 13

Artistas: @aida_salan @laalfreda @ampparito @anweiluli @anitaestevereig @tics_ferreira @clararsmagica @iratinoriza @javierunknos @jose_venditti @instituteforpostnaturalstudies @juliavarela.a @proyectolocus @maquepereyra @yoggaton @ridimeid @raisamaudit @vantafido



Texto por Guillermo Esteban

En la exposición yupi se exploran una serie de prácticas enmarcadas dentro de lo que se podría llamar la cultura del wellnesso del bienestar y los autocuidados, donde se incluyen, entre otras, la atención al cuerpo, el cultivo del espíritu, la aplicación de lo esotérico o el desempeño de actividades relajantes. Todas estas prácticas, que se presentan como alternativas al extenuante ritmo de vida del régimen neoliberal, se desvelan también en parte como su sostén, como la industria de la felicidad donde nos auto-empleamos en nuestro tiempo libre, manteniéndonos productivos, y perpetuando así el cansancio que pretendíamos resolver al incurrir en las mismas dinámicas capitalistas de consumo frenético y presión para producir.

Tras atravesar una versión de habitación de meditación vipassana (@anweiluli) y un particular jardín zen (@ampparito), llegamos a una sala de color rosa suave, alfombrada y dotada de puffs, donde obras de estética satisfying(@ticsferreira) acompañan a una serie de esculturas orgánicas colgadas de las paredes, al tiempo que nos encontramos envueltos por un sonido relajante y un agradable olor a pan que nos invitan al descanso (@aida_salan).

Es importante recordar que el descanso no puede ser un derivado del trabajo sino un tiempo de reposo independiente; no una pausa donde reponer suficientes fuerzas para poder volver a trabajar sino un tiempo libre de objetivos, presiones o tareas. Ante la sobreestimulación contemporánea se busca la relajación de los sentidos a través de lo háptico y el ASMR, pero, muchas veces, estas prácticas orientadas al descanso son capitalizadas e incorporadas al trabajo, a un régimen de rendimiento, generándose toda una pornografía de los sentidos en forma de vídeos para desconectar en reproducción automática, reels y scrolls infinitos, cursos express o mercancías embadurnadas de valores emocionales como hogar, cuyo consumo parece prometer salvarnos o ser auténticos, accediendo así a explotarnos voluntariamente creyendo que nos realizamos durante un tiempo de esparcimiento que ya ha dejado de serlo.

En este contexto se enmarca la propuesta de Aida Salán Sierra para esta exposición, y que consta de una instalación de esculturas de pan (Gestos perecederos) que se completa con un vídeo (Cómo hornear el gesto) y con el texto del folleto de sala (Instrucciones expresivas contra la denotación muerta), a lo que se sumaría el taller participativo del pasado 2 de marzo (El gesto sobre el pan).

Dentro de esta vertiente de actividades relajantes que se presentan a veces como escapatoria al malestar contemporáneo y que pueden acabar alimentándolo, la práctica de la artesanía concretamente, donde estaría incluida la panadería, escapa a la aceleración aditiva capitalista, ya que su aprendizaje es inevitablemente lento y repetitivo, atributos ambos que no encajan con la glotonería consumista ni la fiebre productora. Por un lado, aprender una habilidad exige una dedicación que ningún desembolso ni mercadeo puede atajar, y por otro, el carácter repetitivo de la actividad manual propia de la artesanía, se opone a la lógica del incremento permanente que sí supone, en cambio, la innovación, cuyo consumo genera inmediatamente un vacío listo para ser llenado de nuevo; de ahí, que el régimen tardocapitalista desprecie la repetición al considerarla menos rentable y la presente únicamente bajo el prisma del aburrimiento y de la falta de originalidad y creatividad.

El aprendizaje de la artesanía sucede en el espacio social del taller, donde, principalmente en silencio y como por ósmosis, el conocimiento se vuelve tácito. Y es así porque uno de los grandes obstáculos del lenguaje es describir, de manera adecuada, instrucciones de movimientos físicos del cuerpo humano. La artesanía se levanta sobre un conocimiento muchas veces inefable pero visible, y que, a fuerza de imitación y habitualidad, aflora en nosotres como de manera natural. Un texto sobre cómo realizar un nudo corredizo será infinitamente menos inteligible que una demostración in situ.

El texto Instrucciones expresivas contra la denotación muerta recogido en el folleto de sala yupi. Manual para lidiar con el malestar contemporáneo, explora cómo salvar ese abismo entre el texto y el cuerpo, entre el lenguaje de las instrucciones y los gestos. El conocimiento tácito, que se perdería al redactar la receta de una hogaza de pan, se intenta trasladar mediante tres métodos diferentes: la empatía, el relato y la metáfora. Primero, la empatía con la inexperiencia del novato da lugar a una serie de glosas que pueblan los márgenes de la receta; en la siguiente página, el formato relato se granjea la atención del lector y envuelve en esa cadencia las instrucciones, mejorando su llegada, y, finalmente, a través de metáforas y mediante un poema fácil de recordar, se destila la importancia de cada gesto en imágenes dotadas de un valor simbólico.

Este mismo carácter fugaz y silencioso de los gestos, se ha tratado de capturar en las diferentes piezas que hay colocadas en ganchos en las paredes y que conforman la instalación Gestos perecederos (2022). Diferentes movimientos manuales, como apretar con las yemas de los dedos de una manera determinada, abrir un hueco en el centro de la masa con el codo, plegarla sobre sí misma o hacerle un nudo…etc y que forman parte de un proceso más amplio y variado de amasado y formado del pan, se muestran en las diferentes piezas singularizados, representados así como se intentaría resaltar una determinada sílaba dentro de una frase, esto es, mediante el tartamudeo, elevando el tono, ralentizando su pronunciación o deteniéndose en seco. Un gesto concreto y puntual, eslabón de una cadena más larga -una sílaba de una frase-, se comienza a repetir más de la cuenta o se exagera o se aísla al detenerse inmediatamente después, generándose una serie de desviaciones de la receta original que dan lugar a nuevas formas y que, juntas, configuran todo un inventario de gestos.

El vídeo Cómo hornear el gesto, que se proyecta en la sala y que cuenta con la colaboración de Adina L. Velázquez (@alv_adina) y Jorge Suárez-Quiñones (@jorfenagaremono), investiga, sin abandonar una estética pulcra, calma y de sonido tranquilizador, el aspecto inconsciente de los gestos, esa otra dimensión también silenciosa. Las diferentes herramientas de las que dispone el medio audiovisual permiten focalizar la atención, profundizar tanto visual como auditivamente, y señalar “detalles de lo familiar normalmente ocultos”[1]:

La naturaleza que habla a la cámara no es la misma que le habla a nuestros ojos. (...). Conocemos más o menos el gesto que hacemos al coger un mechero o una cuchara, pero desconocemos casi todo lo que ocurre entre la mano y el metal, y todo de cómo cambia el gesto según nuestro estado de ánimo. Y aquí sí penetra la cámara con sus recursos varios: sus subidas y bajadas, sus planos fijos y sostenidos, sus ritmos lentos o rápidos, sus ángulos abiertos o cerrados. Sólo la cámara nos muestra ese inconsciente visual (...).[2]

La reproducción en bucle del vídeo permite revisitar los gestos y detalles que la cámara se ha encargado ya de resaltar, mientras la música acompaña, silencia o destaca los sonidos propios de la actividad. Y las manos que vemos trabajar son también, a su vez, una suerte de cámara. Frente a la opinión generalizada de que las callosidades que se forman en las manos debido a su uso profesional y que supone un engrosamiento de la piel, insensibilizan el tacto, en la práctica, ocurre todo lo contrario:

Al proteger las terminaciones nerviosas de la mano, las callosidades hacen menos vacilante el acto de exploración. Aunque todavía no se conoce bien la fisiología de este proceso, se sabe que el callo sensibiliza la mano a pequeñísimos espacios físicos y al mismo tiempo estimula la sensibilidad en las yemas de los dedos. La función del callo en la mano es comparable a la del zoom en una cámara fotográfica.[3]

Por supuesto, las callosidades sólo surgen tras un uso reiterado y constante de un mismo gesto, es decir, de la repetición, segundo aspecto de la artesanía, junto con su lento aprendizaje, que desagrada, por su “anti-rendimiento”, a las dinámicas capitalistas como hemos explicado antes. La manera de que un acto repetitivo mantenga su atractivo es dotarlo de intensidad o más bien, que albergue la capacidad de generar intensidad, que admita un demorarse en su práctica. En ese sentido, el ritual se opone así a la rutina.

Los rituales son vivencias cerradas, no inmutables sino con cierre, es decir, empiezan y terminan. Son experiencias objetuales, cosificadas en el mejor de los sentidos, independientes de las circunstancias del yo de ese día, ofreciéndonos así una “mismidad” estabilizante. Quien se entrega a los rituales se olvida de sí mismo y pasa a generar, con los demás y durante el desarrollo del rito, una “comunidad de resonancia”:

Los rituales crean ejes de resonancia que se establecen socioculturalmente, a lo largo de los cuales se pueden experimentar relaciones de resonancia verticales (con los dioses, con el cosmos, con el tiempo y con la eternidad), horizontales (en la comunidad social) y diagonales (referidas a cosas).[4]

Los rituales -y sus repeticiones- escapan a la rutina en que lo colocaría el régimen capitalista bien por su trascendencia, por su capacidad de generar y reconocer cómplices o bien por su carácter artesanal; es decir, el ritual se alimenta de mito, cultura y técnica. El ritual no sobrevive en el tiempo salvaguardando incólumes estos aspectos sino todo lo contrario, debe huir de melancolías conservadoras y fundamentalismos que lo petrifican tornándolo frágil, y, en cambio, actualizarse continuamente para poder seguir siendo contemporáneo. “La forma fetichizada es una forma detenida, sin atención a las nuevas energías que piden paso y nos exigen una metamorfosis”.[5]Los rituales deben revisar, sustituir o incluso eliminar su mito, ponerse al día a nivel ético, abrirse al contacto con otras culturas desde el relativismo pero sin disolverse en una superficial cultura global, mientras van incorporando aquellas nuevas tecnologías que no perviertan el trato con los objetos y los materiales. En definitiva, llevar a cabo una exégesis continua que le permita mantener significado en el significante, intensidad en los gestos y que éstos no devengan ademanes vacíos, rutinarios.

Aida Salán Sierra se centra en el aspecto artesanal y repetitivo del ritual. Una acción repetida una y otra vez, lo que se llamaría también un gesto mecánico, no es irreflexivo ni empobrecedor mentalmente sino estimulante cuando “se organiza mirando hacia delante”[6]. La técnica, es decir, la habilidad practicada y adiestrada, permite la anticipación, dando lugar a una compensación placentera en la repetición. Esta experiencia no es otra que el ritmo. La habilidad de anticipación de lo que va a ocurrir que trae consigo la técnica, nos mantiene vigilantes, aleja el aburrimiento de la repetición y la actividad mantiene su frescura. Como escribió Søren Kierkegaard, la auténtica repetición “recuerda hacia delante”:

La esperanza es un vestido nuevo, flamante, sin ningún pliegue ni arruga, pero del que no puedes saber, ya que no te lo has puesto nunca, si te sienta bien. El recuerdo es un vestido desechado que, por muy bello que sea o te parezca, no te puede sentar bien, pues ya no corresponde a tu estatura. La repetición es un vestido indestructible que se acomoda perfecta y delicadamente a tu talle, sin presionarte lo más mínimo y sin que, por otra  parte, parezca que llevas encima un saco.[7]

Y cuanto mejor es la habilidad, mayor es la capacidad de mantener la atención en el tiempo, es decir, mayor cantidad de repeticiones se pueden llevar a cabo sin hastiarse. Es lo que se conoce en música como la regla de Isaac Stern. “Este gran violinista declaró que cuanto mejor es la técnica, más tiempo puede uno ensayar sin aburrirse”[8]. Para la persona que ha alcanzado cierta pericia, “lo que repite cambia de contenido”.[9]

Como complemento a la instalación, se llevó a cabo el día 2 de marzo el taller presencial El gesto sobre el pan, al que pude asistir como espectador. En él, doce personas, la mayoría  desconocidas entre sí, mezclaron harina, agua y levadura hasta conseguir una masa propia, y tras amasarla y dejarla reposar -tiempo que aprovechamos para ver la exposición-, Aida les enseñó diferentes tipos de formado. Durante la primera parte del taller, se sucedieron, entre las instrucciones que se iban impartiendo, las presentaciones y las razones de cada cual para haberse apuntado, que iban desde el interés general por el pan y las manualidades hasta la distracción, por lo diferente de la actividad, de una oposición de arquitectura técnica recién aprobada. En la segunda parte del taller, todes ya con su masa, y siguiendo el ejemplo práctico de Aida, formaron diferentes tipos de pan. Y fue aquí, durante esta parte, donde se produjeron ratos prolongados de trabajo en silencio. Un silencio común. El ritmo, aun inexperto, producido por la repetición de un gesto, del ritual artesanal llevándose a cabo, generaba una comunidad muda, un vínculo armonioso fruto de la resonancia entre las personas y con el pan.

Frente a la crisis de individuación y narcisismo del presente contemporáneo donde todo parece un eco del yo, donde el mundo desaparece por una continua autorreferencialidad amplificada por las redes sociales, el rito artesanal, realizado en grupo, lento y repetitivo, mejorable y expandible mediante la técnica, común y objetual, impermeable al individuo en su mismidad pero actualizable al mismo tiempo, realizado sin presión para producir durante un verdadero tiempo libre, disuelve al individuo en una conciencia colectiva, le libera de la carga de sí mismo al volverlo partícipe silencioso de una pertenencia mutua. La palabra une pero los unidos callan. Frente a la comunicación sin comunidad, una comunidad sin comunicación[10].



[1] Benjamin, La obra de arte en la época de su reproducción mecánica, 46.

[2] Benjamin, Ibid, 47 - 48.

[3] Sennett, El artesano, 102.

[4] Harmut, Resonancia. Citado por Han, Ibid, 22-23.

[5] Fernández-Savater, De ritos, mitos y duelos.

[6] Sennett, Ibid, 116.

[7] Kierkegaard, La repetición, 27-28. Citado por Han, Ibid, 20.

[8] Sennett, Ibid, 29.

[9] Sennett, Ibid, 29.

[10] Han, La desaparición de los rituales,45.


Bibliografía

- Benjamin, Walter, La obra de arte en la época de su reproducción mecánica. Madrid: Ed. Casimiro libros, 2015.

- Han, Byung-Chul, La desaparición de los rituales. Barcelona: Herder Editorial, S.L., 2020.

- Fernández Savater, Amador, De ritos, mitos y duelos. Web: https://ctxt.es/es/20220101/Firmas/38553/byung-chul-han-mito-rito-duelo-capitalismo.htm (última consulta 15/03/22)

- Sennett, Richard, El artesano. Barcelona: Ed. Anagrama, 2009.